El sexo en Roma y el colectivo LGTBI dos mil años después

24.07.2020 16:08

  

La culpa de todo lo tiene el dinero. Antes, cuando sólo se ensalzaba el auténtico mérito, las bellas artes florecían y los hombres disputaban porlegar nuevos descubrimientos a las generaciones venideras (…) ¡En qué ha quedado la moral, ese hermoso camino de la sabiduría! El propio Senado, árbitro del honor y la justicia, no vacila en fomentar esa decadencia.                                                                                                                                                                                                                                                         (Petronio)   

Hubo un tiempo, cuando las religiones monoteístas todavía no habían empezado a exterminar con sangre “la herejía” y las brujas no eran quemadas en la hoguera -ya que eran consideradas sacerdotisas- en el que los seres humanos – copiando a los dioses – vivían la sexualidad sin prejuicios ni tabús y, en todos los estratos sociales, desde el emperador al último sirviente, se imitaban los heterogéneos comportamientos de Eros.

A nadie se le marcaba con hierro candente en la frente “por ejercer prácticas antinaturales”, es decir: utilizar los tres agujeros como fuente de placer. ¡Si hasta los emperadores y sus divinas esposas no dejaban de honrar a Cupido (hijo de Venus) y elogiaban en público, con versos y canciones, los encantos de sus variados y apasionados amantes! 

Aquellas personas no eran homosexuales, ni lesbianas, ni travestis (ni pertenecían a un colectivo LGTBI, como en el occidente cristiano y otros reinos y territorios de la Media Luna) ya que, al proceder de todas las clases sociales, estaban integradas, por lo que no era necesario ningún desfile arcoíris para darlas visibilidad. Todo cambió con la victoria de las religiones monoteístas, que detuvieron el progreso durante milenios e impusieron una nueva moral retrógrada, con los ladrillos de La Biblia y El Corán.

Ganímedes, príncipe troyano de gran hermosura, fue secuestrado por Zeus en forma de águila. En el Olimpo, el portador del rayo le tomó como copero y amante. En el Satiricón de Petronio se habla de ese episodio y muchos otros y se describe a las bacantes, quienes “convirtieron sus templos en lugares de orgías que ellas mismas desencadenaban”. 

Sobre la moralidad de la Roma del siglo I d.C., Petronio (quien nos hizo una crónica novelada de altísimo valor testimonial, cuya lectura considero imprescindible) nos habla de un anciano poeta, Eumolpo –que siente pasión por los muchachos– y que aprovecha un encuentro con joven llamado Eucolpo (quien está enamorado de Giton, un adolescente de diecisiete años) para quejarse del declive que se vive en aquellos tiempos:

La culpa de todo lo tiene el dinero. Antes, cuando sólo se ensalzaba el auténtico mérito, las bellas artes florecían y los hombres disputaban por legar nuevos descubrimientos a las generaciones venideras (…) ¡En qué ha quedado la moral, ese hermoso camino de la sabiduría! El propio Senado, árbitro del honor y la justicia, no vacila en fomentar esa decadencia.”[1]

El Satiricón (que fue prohibido por la Iglesia hasta que fue publicado en 1664 por el poeta francés Pierre Petit, es una novela testimonio que no tiene otro propósito que el de reflejar sin pretensiones moralizadoras lo que el autor veía en aquella época en la que las costumbres sodomitas y lesbianas estaban generalizadas). Petronio nos narra, entre otras cosas, las cenas que ofrece en su lujoso palacio el multimillonario Trimalcio. Sobre una de esas veladas, cuando todos y todas están ebrios, nos cuenta:

 “La esposa del ricachón, Fortunata, vestida con una ligera túnica cereza, levantada y sujeta por un lado por un cinturón verde claro, se sentó en el mismo triclinio que Scintila (la mujer de un amigo de Trimalcio), comenzando ambas a besarse. ¡Ah, ah! gritó…al ver que las túnicas de ambas mujeres estaban abiertas por delante, descubriendo sus desnudeces. (…) Fortunata se cubrió al instante (el pubis) con un velo, echándose nuevamente en brazos de Scintila, que la recibió con placer manifiesto.[2]

Luciano de Samosata[3], entre otros, retoma la sátira de Petronio y, con una gracia y elegancia que sólo produce sana risa, nos relata la historia de un viejo verde, que es multimillonario o finge ser multimillonario, y usa esa fama para acostarse con todo efebo sin escrúpulos que aspira a ser rico.

“Gran número de muchachos declaraba su amor al carcamal con el sueño de conquistarle el corazón y heredar su inmensa fortuna. El sátiro, al que por lo visto ya sólo le quedaban dos dientes, pasó así los mejores días de su vida hasta que se le llevó la parca”, remacha Don Luciano.

Zeus no sólo raptaba a Ganímedes, adoptando la forma del águila, o la de toro para llevarse a la cama a la hermosa Europa, sedujo también a la bellísima Leda, madre de Helena, tras hacer el coito con la primera en forma de Cisne. Nadie podrá negar la elegancia del transformismo del padre olímpico.

Con el cristianismo, Zeus se hace Dios y se devalúan las reencarnaciones divinas. El Demiurgo ya no toma la forma de lluvia dorada, tigre, toro o cisne. Se convierte en una paloma (algunos dicen que palomo) y deja el bulto a una joven virgen de origen humilde que dará a luz a un iluminado que fue crucificado por Roma.

¡Se acabaron los hijos divinos como Perseo, Dionisio, Afrodita, Heracles, etc.! y nos dejaron -para más inri- un cielo soso, un flan sin sal. Un paraíso que no atrae a nadie, al que nadie quiere ir pues, cuando llega la hora de la muerte, la mayoría quiere quedarse en la Tierra y nadie da gritos de alegría ni anhela saltar al otro mundo para abrazar al Padre que tanto nos ama y protege de todo mal. Nos da “yuyu”.

¿Será que todos, inconscientemente, nos hacemos sabios al morir y nos reafirmamos en la creencia de que “más vale pájaro en mano que ciento volando? ¿O acaso desconfiamos tanto en la solidez del paraíso que nos agarramos a la realidad terrenal y a nuestros seres queridos por horror al vacío?

Si nuestro “yo profundo”- el que no acepta mentiras- creyese en dios todos viajaríamos al nirvana con una sonrisa de oreja a oreja y el corazón rebosando de felicidad. Todos nuestros familiares y amigos bailarían de alegría “hasta que les duelan los pies”, como dice una canción de Enrique Iglesias.

Calma, si no hay nada, nada nos pasará. Y si hay algo maravilloso ¿Por qué llorar a los que se van? ¿No van a vivir mil veces mejor allí que aquí? ¿No van a ser infinitamente felices, por fin, al otro lado de la cama?

Y sobre el colectivo LGTBI ¿Llegará a integrarse en nuestra sociedad de forma natural tras ser absorbido por el espíritu de la “Liberté, Égalité y Fraternité? Después de dos mil años de cristianismo y mil quinientos de islamismo, la respuesta es “Imposibilité”. Los cambios, si no son sinceros, profundos y transcendentales, son sólo una pátina, un maquillaje, para contemporizar para sobrevivir en el trono. La mente universal es juez que da luz verde o condena, según los dictados de los fantasmas que gobiernan la galaxia.


[1] El Satiricón (Ediciones 29, 1971) Pág. 121.

[2] Íd., op. cit., p. 94.

[3] Luciano de Samosata (Siria ¿125 d. C?- ¿Atenas 192? d.C) narra ese episodio en su obra satírica “Diálogos de los dioses; Diálogos de los muertos, Diálogos marinos; Diálogos de las cortesanas” (Alianza Editorial, 2005).

 

 

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