¿Puede un burro ser trágico?

25.07.2020 22:25
Te advierto, quienquiera que seas tú, que deseas sondear los arcanos de la naturaleza, que si no hallas dentro de tí mismo aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera (…) Hombre, conócete a ti mismo y conocerás el universo y los dioses. (Inscripción en el templo de Apolo en Delfos)
 
Se preguntaba Leonardo Boff en uno de sus artículos ¿Puede un burro ser trágico?[1] Y el mismo respondía parafraseando a Nietzsche: “Sí, cuando lleva una carga que no puede soportar”. El hecho de arrastrar una culpa, cuanto más corrosiva peor, expande en nuestro interior la “miasma”, a saber: un efluvio maligno, corrupto, que teje con siniestra energía una tela de araña alrededor de nuestros órganos, incluidos “el alma” y el corazón. Esa miasma, debido a las redes sociales y a nuestros contactos, llega a cualquier extremo del mundo.
 
Nos sentimos culpables por multitud de razones, sobre todo por haber dicho o hecho algo que nuestra conciencia nos recuerda que está “mal”. Alguna acción que ha perjudicado a los demás o, por efecto “boomerang”, se ha vuelto contra nosotros. A pesar de ello nos negamos a rectificar e, ignorando al bicho kafkiano que nos come por dentro, nos encerramos en una lóbrega cárcel interior, de la que somos su carcelero y, paradójicamente, tenemos su llave.
 
Los antiguos griegos sabían muy bien lo que era el sentimiento de culpa. Las Erinias: Alecto, Tisifone y Megara, eran unos seres terribles, una alegoría de los remordimientos de conciencia, que perseguían, incluso hasta la muerte, a los hombres y mujeres que tras ser carcomidos por la “miasma” (vocablo griego) vivían una existencia atormentada que a veces terminaba en el suicidio o la locura.
 
Estas temidas vengadoras son descritas a menudo con cabeza de perro, cabello de serpientes y alas de murciélago[2]. Solían llevar látigos y anillos de bronce para golpear y torturar a los que habían caído en desgracia. Para escapar de esa pesadilla sólo había tres caminos: el arrepentimiento, la purificación y el perdón. No sólo debía perdonarte “tu víctima” o la divinidad de turno, sino que era (y es) muy importante que “el sujeto se perdone a si mismo”, pues sin ello no es posible la redención.
 
Epicuro (341-270 a.C), uno de los filósofos “más odiados e incomprendidos” por los fundamentalistas y cleros de las religiones monoteístas, era partidario de disfrutar de los placeres de la vida pero dentro de “una armonía” para alcanzar lo que el denominaba “la ataraxia” (el bienestar espiritual y corporal), es decir la antítesis de la “miasma”, que debe ser expulsada a través de una catarsis regeneradora.
 
Para librarse de la “miasma” y su putrefacción era necesario una serie de rituales religiosos (el psicoanálisis retoma la confesión y la absolución) para quitarse la carga de encima pues, cuando el “burro toma conciencia de que es burro, se convierte en caballo, y si hay milagro, en caballo alado”[3].
 
La otra cara de las Erinias eran las Euménides, es decir tenían otra “naturaleza buena” encargada de liberar a los humanos de la culpa. De sacarles del infierno mediante el arrepentimiento y el perdón. Eran un bálsamo para los “que ya habían sido condenados por el destino”.
 
El santuario de las Euménides tenía el mismo poder curativo que el de Apolo o el de Asclepios, dios de la medicina (a veces junto a ellos había un “pequeño hospital”). Estas divinidades tenían la facultad de extraer “la miasma” del pecho de los atormentados, dando a luz “a otro ser”.
 
Epicuro no era tan aristocrático como Platón, que siempre estaba buscando reyes para adoctrinarles. Era, digamos, un ser muy adelantado a su época, incluso feminista, que se mezclaba con el pueblo llano.
 
Creó su propia escuela de filosofía en Atenas, llamada El Jardín, y allí acudían mujeres ordinarias, esclavos, prostitutas, barberos, metecos, etc. Y allí todos eran bien recibidos pues, a juicio de Epicuro[4], la sabiduría debía llegar a todo el mundo independientemente de su sexo o estatus social[5].
 
Respecto a la religión, pensaba lo mismo que toda persona inteligente de cualquier siglo. Solía recalcar: “Yo no sé si existen los dioses, pero mi experiencia diaria me dice que ni se ocupan ni preocupan de nosotros”.
 
También se preguntaba ¿Puede el Demiurgo (El Dios creador) prevenir la maldad y no lo hace? Entonces es perverso.
 
Los epicúreos pensaban que la muerte no existía pues, argüían: “Cuando yo estoy, ella no está. Y cuando ella está, yo no estoy”, por lo tanto es imposible coincidir con “el joven Thanatos”.
 
[1] La sentencia ¿Puede un burro ser trágico? Está sacada del “El crepúsculo de los ídolos” de Nietzsche.
 
[2] Curiosamente el coronavirus podría venir de ese quiróptero volador que está a punto de comerse al águila bicéfala de EEUU.
 
[3] Esa cita es mía.
 
[4] Aunque la mayor parte de la obra de Epicuro se ha perdido, muchos de sus textos fueron recogidos y citados por Séneca (Cartas a Lucilio), Diógenes Laercio, el poeta latino Lucrecio, etc.
 
[5] En mi obra “El robot que amaba a Platón” describo con documentación histórica el mundo de las “hetairas griegas”, por lo general mujeres bellas y cultas, algunas de las cuales fueron excelentes filósofas, que hacían de modelo a escultores famosos que cincelaban a las diosas olímpicas reproduciendo a sus musas de carne y hueso.